
Caza de humanos a sueldo: el "turismo de francotiradores" durante la guerra de Bosnia
El asedio de Sarajevo, que duró de 1992 a 1996, se erige como uno de los asedios urbanos más largos y brutales de la historia moderna europea. Más de diez mil civiles fueron asesinados; la ciudad fue lentamente arrasada bajo el fuego de la artillería y la letal paciencia de los francotiradores apostados en las colinas circundantes y en los edificios altos. El bulevar principal —pronto conocido como el Callejón de los Francotiradores— se convirtió en un corredor donde cada intento de cruzarlo era como lanzar una moneda al aire.
Recientemente, ha resurgido una faceta más oscura y hasta ahora inexplorada de esta historia ya de por sí devastadora. Nuevas acciones legales en Italia han reavivado las acusaciones de que, durante el asedio, turistas extranjeros adinerados fueron escoltados a posiciones de francotiradores con vistas a Sarajevo y se les permitió disparar contra civiles a cambio de dinero, convirtiendo la vida humana en una especie de «safari de francotiradores». Estas afirmaciones resurgieron tras el documental de 2022 «Sarajevo Safari», y para 2025 se habían convertido en objeto de una investigación penal oficial por parte de la Fiscalía de Milán.
Este artículo examina las pruebas que sustentan estas acusaciones, rastrea su trayectoria histórica y analiza lo que dicha práctica —de confirmarse— significaría tanto en términos legales como morales.
¿Qué es el “Safari de Sarajevo”? Documentos, testimonios e informes iniciales.
El término «Safari de Sarajevo» se popularizó gracias al documental de 2022 del director esloveno Miran Zupanič. La película presenta entrevistas con exsoldados serbobosnios y personas presuntamente involucradas en el traslado de «invitados» extranjeros a posiciones de francotiradores en el frente. Según estos testimonios, civiles adinerados —supuestamente de Italia, Estados Unidos, Canadá y Rusia— pagaban para ser llevados a posiciones elevadas sobre la asediada Sarajevo, donde se les ofrecía disparar contra los habitantes como una grotesca forma de entretenimiento.
Estas acusaciones no son del todo nuevas. Ya a mediados de la década de 1990, varios periódicos italianos, incluyendo Corriere della SeraSe difundieron rumores de que extremistas italianos de ultraderecha habían viajado a Bosnia y se habían unido a unidades de francotiradores, disparando contra civiles. En aquel momento, tales afirmaciones no fueron investigadas formalmente.
En 2007, durante las diligencias del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY), surgió una referencia más concreta. John Jordan, un exmarine y bombero estadounidense, declaró bajo juramento haber visto cómo llevaban a "visitantes no locales" a las posiciones de francotiradores como "invitados", lo que implicaba una dimensión recreativa o remunerada en su presencia.
En resumen, la ruta histórica consta de:
• En la década de 1990 circularon rumores
• Testimonios formales registrados por el TPIY en la década de 2000
• Entrevistas documentales estrenadas en 2022
• Una investigación lenta por parte de los fiscales bosnios
• Y, por último, una causa penal italiana de 2025 que ahora intenta identificar a individuos y acciones específicas.
En conjunto, estos elementos forman un patrón demasiado persistente para descartarlo de plano, aunque todavía incompleto y rodeado de incertidumbre.

La investigación italiana: Una persecución legal contra los “safaris humanos”
En noviembre de 2025, los principales puntos de venta internacionales, liderados por The Guardian – informó que la Fiscalía de Milán había abierto una investigación por homicidio sobre el presunto “turismo de francotiradores” en Bosnia durante la guerra.
El caso se originó a partir de una detallada denuncia penal presentada por el periodista italiano Ezio Gavazzeni y el exjuez Guido Salvini. Su expediente de 17 páginas alega que varios ciudadanos italianos fueron transportados en la década de 1990 desde Trieste a Belgrado, y posteriormente a posiciones de francotiradores con vistas a Sarajevo, donde dispararon contra civiles. Algunos informes afirman que estos «paquetes» costaron el equivalente a entre 80 000 y 100 000 euros actuales, y que disparar contra niños tuvo un «precio» aún mayor; detalles tan grotescos que exigen un análisis forense exhaustivo.
Los medios italianos también han publicado testimonios que afirman que a estos “francotiradores turistas” se les veía a veces con rifles de caza, vestidos de civil y escoltados por soldados o paramilitares serbios.
Lo que hace que esta investigación sea particularmente significativa es su base legal: los fiscales clasifican los presuntos actos como asesinato agravado y premeditado cometido con crueldad, un delito que no prescribe según la ley italiana y que puede conllevar cadena perpetua.
Si existen pruebas que vinculen a individuos específicos con estos actos, Italia podría enjuiciar crímenes de guerra cometidos hace más de tres décadas.
La respuesta de los medios de comunicación globales: ¿Un nuevo ajuste de cuentas o otra ola sensacionalista?
Las acusaciones se han convertido rápidamente en tema de debate internacional.
• The Guardian y El Independiente Han informado extensamente sobre las presuntas rutas de viaje y estructuras de pago.
• Al Jazeera Publicó un artículo analítico en noviembre de 2025, situando las afirmaciones en el contexto más amplio de las investigaciones estancadas en Bosnia y la renovada presión en Italia.
• La BBC actualizó su entrada sobre Sniper Alley, haciendo referencia a la investigación de Milán y señalando que algunos veteranos británicos desplegados en Sarajevo dijeron que nunca se habían encontrado con tales actividades, lo que pone de relieve la desigualdad de la memoria de la guerra.
• Medios franceses como RTL y La Dépêche han cubierto la historia bajo el título safaris humanos, preguntándose si Europa realmente podría haber albergado una “cacería humana de 90,000 dólares”.
• Puntos de venta alemanes, incluyendo Q, han analizado posibles conexiones tanto con ciudadanos italianos como con elementos de la cúpula serbia durante la guerra.
La amplia cobertura sugiere un reconocimiento cada vez mayor de que la historia —ya sea totalmente precisa, parcialmente distorsionada o fuertemente mitificada— se ha convertido en parte del panorama moral no resuelto de Europa.
Entre la evidencia, el rumor y la propaganda
Naturalmente, la indignación moral no debe eclipsar la necesidad de rigor. Debemos preguntarnos:
• ¿Qué es un hecho establecido?
• ¿Qué alegaciones siguen sin probarse?
• ¿Qué podría ser propaganda de guerra u oportunismo político?
Sí poseemos:
• Investigaciones formales por parte de fiscales bosnios e italianos
• Testimonio del TPIY
• Pruebas documentales e investigación periodística
• Relatos de supervivientes
• Declaraciones de exsoldados y personal de inteligencia
Pero al mismo tiempo:
• Funcionarios de la República Srpska denuncian el documental como “propaganda antiserbia”.
Algunos soldados occidentales destinados en Sarajevo afirman no haber observado nunca tales actividades.
• La magnitud, la frecuencia y la logística precisa de los supuestos “safaris” siguen sin estar claras.
Por lo tanto, la postura intelectualmente más honesta es la siguiente:
Las acusaciones parecen tener un fundamento fáctico, pero aún no se ha determinado el alcance total ni la organización de la práctica.
La investigación de Milán busca esclarecer precisamente esto: quién pagó, quién los acompañó, qué estructuras institucionales (si las hubo) permitieron esta práctica y quién lo sabía.
La caza humana y la ética de la matanza recreativa
Si se verifica aunque sea una parte de estas acusaciones, las implicaciones morales se vuelven evidentes.
La guerra de Bosnia ya implicó violaciones sistemáticas del derecho internacional humanitario: ataques deliberados contra civiles, ejecuciones masivas, limpieza étnica y violencia sexual. Estos crímenes están bien documentados y confirmados por tribunales internacionales.
Pero las acusaciones sobre el Safari de Sarajevo introducen una dimensión más oscura:
Matar no por ideología ni estrategia militar, sino por entretenimiento
• La vida reducida a un paquete de experiencias
• La muerte se convirtió en un espectáculo que se podía comprar
• La violencia convertida en mercancía y exportada a una clientela global
El concepto de necropolítica del filósofo Achille Mbembe —el poder de dictar quién puede vivir y quién debe morir— encuentra quizás aquí su expresión más grotesca: no se trata simplemente de que un ejército decida, sino de que individuos privados compren el derecho a matar.
En otras partes del mundo, la idea de los «safaris humanos» ha surgido en contextos no letales, como la exhibición de las tribus jarawa de las islas Andamán a los turistas. Sin embargo, el caso bosnio, de ser cierto, representa su manifestación más letal.
Memoria, justicia y el riesgo del sensacionalismo
Estas historias corren el riesgo de caer en el sensacionalismo, eclipsando las atrocidades más amplias y completamente documentadas cometidas durante la guerra. Más de 100,000 personas fueron asesinadas; innumerables otras sufrieron en campos de concentración y campos de violación. Estos hechos no necesitan nuevas revelaciones para ser espeluznantes.
Sin embargo, las acusaciones del Safari de Sarajevo no pueden descartarse como mero sensacionalismo. Abordan una cuestión más profunda: ¿cuántas capas de violencia se escondieron en el caos de la guerra de Bosnia? ¿Cuánta crueldad permanece sin registrar por no encajar en las categorías que los investigadores estaban dispuestos a reconocer?
Conclusión: Por qué es importante hoy
La justicia suele tardar en llegar. Y con cada día que se demora, la memoria de las víctimas queda un poco más desierta, un poco más expuesta al lento derrumbe del silencio. Ya sea que estas acusaciones se juzguen finalmente como exageraciones, se verifiquen con pruebas o se desmientan parcialmente, el caso conocido como el Safari de Sarajevo exige una investigación precisa, basada en pruebas y libre de influencias políticas. Buscar la verdad no es solo un deber legal; es una necesidad ética, una cuestión de dignidad humana que ya no puede postergarse.
Treinta años después de la guerra, los supervivientes aún viven con las consecuencias. Muchos de los que, de niños, cruzaron el Callejón de los Francotiradores, perdieron extremidades, padres o un futuro incierto, siguen vivos hoy. La investigación de Milán es, en parte, una prueba para saber si su sufrimiento será reconocido en su totalidad, o si Europa preferirá ignorar las posibilidades más oscuras de su propio pasado reciente.
La justicia tardía es dolorosa.
La denegación de justicia es una traición.
Pero la justicia buscada —con honestidad, rigor y sin conveniencia política— sigue siendo el único camino que honra a los muertos, protege a los vivos e impide que el silencio se convierta en otra forma de violencia.
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